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miércoles, 6 de junio de 2012

¿Tenemos hambre y sed de Dios?


Cuando Agustín de Hipona fue tocado por el Señor y lo trajo a convicción de pecados inmediatamente hubo un cambio en su forma de pensar y de actuar (como suele suceder con aquellos que son regenerados por El Espíritu) pero algo que sucedió después de esto, fue lo que me ha llamado poderosamente la atención y quiero compartir con ustedes. ¿Cómo mantener esa pasión y anhelo por la santidad de Dios?  Muchas veces pensamos que el tener la doctrina correcta es ir por el camino correcto. Otras tantas en tener una perspectiva teológica de Dios o incluso el saber decir las cosas de manera apropiada siguiendo el guión. 

La respuesta la encontramos en el mismo Agustín cuando dice que “la razón por la cual el creyente no comprende ni experimenta es porque su hambre y sed por Dios es demasiado  pequeña.” 

 Y él no estaba refiriéndose a devorarnos libros enteros de teología  o de biografías de grandes hombres, el mismo continua diciendo: ““El alma de los hombres debe esperar bajo las sombras de tus alas; se deben embriagar con la abundancia de tu casa, y de los torrentes de tus placeres, tu les darás de beber; porque en ti se halla la Fuente de Vida, y en tu Luz veremos la luz. Dadme un hombre enamorado, y él sabrá lo que quiero decir. Dadme alguien que tenga un anhelo; dadme alguien que tenga hambre; dadme alguien que se halle muy lejos en este desierto, que tenga sed y suspire por el manantial del país eterno. Dadme esa clase de hombre; él sabrá de lo que estoy hablando. Pero si le hablo a un hombre frio, sencillamente no sabrá de lo que le hablo.”

No puedo más que admitir mi pecado y reconocer que mi hambre y sed por Dios es pequeña. ¡que lejos estoy de esto! ¡que necesitado estoy de tu presencia! !Dios mio, te necesito! ¡Solo tu puedes saciar mi alma! me doy cuenta de la gran necesidad que tengo de su presencia que ningún libro o predicación puede saciar sino como decía David: Salmo 84:1-7

  ¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! 
:2  Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; 
 Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. 
:3  Aun el gorrión halla casa, 
 Y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, 
 Cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, 
 Rey mío, y Dios mío. 
:4  Bienaventurados los que habitan en tu casa; 
 Perpetuamente te alabarán. 
:5  Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, 
 En cuyo corazón están tus caminos. 
:6  Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, 
 Cuando la lluvia llena los estanques. 
:7  Irán de poder en poder; 
 Verán a Dios en Sion. 

  ¿Y usted? ¿Tiene hambre y sed por Dios?


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